Blog de pastorivantapia

UN ENCUENTRO SECRETO.

Escrito por pastorivantapia 17-01-2015 en Evangelización. Comentarios (0)

“1 Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un principal entre los judíos. / 2 Este vino a Jesús de noche, y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él. / 3 Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.”

San Juan 3:1-3

Hay quienes conocen la Religión, pero no conocen a Cristo. Esta aseveración nos puede parecer extraña pues comúnmente se considera que una persona religiosa o que pertenece a una Religión es alguien entendido en las cosas espirituales. Para aclarar los conceptos, comencemos por examinar el significado de la palabra “Religión”. De acuerdo al diccionario, ésta es un “Conjunto de creencias o dogmas acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y temor hacia ella, de normas morales para la conducta individual y social y de prácticas rituales, principalmente la oración y el sacrificio para darle culto.” Si nos detenemos a analizar esta definición nos daremos cuenta que está centrada en el hombre y no en la Divinidad; ese conjunto de creencias, sentimientos de veneración, normas morales, etc. hacia Dios son la manera en que los seres humanos tratamos de acercarnos a lo Eterno. En otro sentido, la palabra Religión deriva de “religio”, del verbo latino “religare”[1] que significa religar, vincular, atar fuertemente; es decir que la “Religión” tiene por objeto volver a ligar al hombre con Dios. Pero cabe preguntarse ¿Logrará la Religión su propósito o en la mayoría de las ocasiones será sólo un intento sin éxito, e incluso puede ser un engaño?

En el mundo hay más de 20 religiones, entre las que se cuentan el cristianismo, el islamismo, hinduismo, judaísmo, etc. Cada una de ellas con millones de seguidores y con diversas corrientes de interpretación. ¿Podrán todas estar en el camino correcto? ¿Podrán todas re-ligar al hombre con Dios? ¿Estarán todas equivocadas, menos una que es la correcta? El hombre es esencialmente “religioso” y acude a diversos medios para comunicarse con lo Eterno, desde la magia, pasando por la superstición, hasta la religión. La primera es la forma más básica de creer y consiste en la creencia en fuerzas ocultas en la naturaleza con las que una persona especialmente dotada (brujo, hechicero o chamán)  puede ejercer poderes sobrenaturales sobre seres y objetos. La religión es una doctrina estructurada bajo un dogma sólido y a la que las personas se adscriben por fe. Las supersticiones están entre ambas, no tiene fundamento racional y consisten en atribuir carácter mágico o sobrenatural a determinados sucesos o en pensar que algunos hechos proporcionan buena o mala suerte. Tanto en la magia como en la religión encontramos personas con supersticiones; a veces, una doctrina llevada al extremo cae en este campo. En la Historia ha habido un desarrollo del pensamiento religioso desde la magia y el politeísmo, hasta el monoteísmo, o sea de creer en muchas entidades divinas hasta concluir en la existencia de un solo Dios.

Volvamos a la afirmación inicial: Hay quienes conocen la Religión, pero no conocen a Cristo. En occidente prevalece el Cristianismo, religión basada en la Biblia como libro sagrado y en la persona y hechos de Jesucristo, su fundador. Las doctrinas básicas de la Religión Cristiana se pueden resumir en lo que se llama el Credo de los Apóstoles, llamado así porque reúne las doctrinas enseñadas por ellos. Este credo se desarrolló paulatinamente durante los primeros ocho siglos de cristianismo y es seguido por cristianos católicos y protestantes o evangélicos. En los días de los apóstoles había, como hoy, diversas religiones y creencias; en especial las que veneraban a los dioses de la Antigüedad (egipcios, griegos y romanos); también estaban los judíos que leían la Torá y a los Profetas, adorando a Yahvé o Jehová.[2] Éstos a veces se convertían al cristianismo y con ellos sus familias. Pronto, luego de bautizarse y crecer en la fe cristiana, comenzaban a transmitirla en su entorno laboral y social. De ese modo las personas se hacían creyentes en la fe cristiana, por una auténtica conversión a Jesucristo.

Hoy día nos hacemos cristianos de dos formas: por conversión a Jesucristo o por tradición y educación familiar. Alguien nace en una familia de padres católicos o evangélicos y es formado dentro de esas creencias, pero nada asegura que sus convicciones sean fundadas en una comunión con Cristo o simplemente en la aceptación de las ideas familiares. Hay personas que están profundamente orgullosas de pertenecer desde pequeños a determinada Iglesia o “religión”, como suelen decir. Otros ven la Iglesia opuesta (sea católica o protestante) como una herejía o un enemigo diabólico. Suelen asegurar, cuando alguien los evangeliza, “yo no me cambio de religión”. Pero éste no es el punto. No se trata de cambiarse de “religión”, tampoco de trasladarse de Iglesia, sino de conocer a Jesucristo, tener un encuentro con el Hijo de Dios. Podemos conocer muy bien el catecismo de nuestra Iglesia, su Credo y sus tradiciones, pero jamás haber tenido un encuentro con Jesucristo. Tal vez fuimos a la Escuela Dominical desde niños y sabemos muchas historias bíblicas, incluso sabemos orar, pero no hemos tenido ese despertar espiritual que significa conocer a Jesús. Quizás vamos a misa cada domingo o para los eventos familiares importantes, como matrimonios, bautizos y defunciones; creemos en todos los ritos y doctrinas de nuestra Iglesia, pero aún no encontramos al Salvador.

Insisto: Hay quienes conocen la Religión, pero no conocen a Cristo. Como aquel hombre judío, de la secta de los fariseos, llamado Nicodemo, miembro del sanedrín. Los milagros que hacía Jesús lo convencieron de que este “nazareno” era un enviado de Dios. Fue así que decidió encontrarse con él y visitarlo una noche, para no ser visto.[3] Le dijo al Señor: “Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él.”La respuesta del Maestro es sorprendente: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.” Nicodemo, a pesar de ser un hombre entendido en Religión, no le comprendió y argumentó: “¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?” Probablemente cualquiera de nosotros discutiría lo mismo; ¿cómo es posible que una persona nazca dos veces? Indudablemente Jesús se refería a otro tipo de nacimiento. Luego le aclara: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.” Resalta esta respuesta con su acostumbrado “de cierto, de cierto te digo”; es algo importante lo que le está declarando, algo que debe comprender en profundidad.

Encierran estas palabras tres conceptos que requieren una aclaración mayor: a) nacer del agua; b) nacer del Espíritu; y c) entrar en el reino de Dios. Vamos por parte.

Nacer del agua. Jesús había sido bautizado en las aguas del Jordán por Juan el Bautista. La inmersión en las aguas era el símbolo de limpieza moral, limpiarse de los pecados cometidos; era un signo de arrepentimiento, cambiar de actitud con Dios, reconociendo que se era un pecador. Jesús, que era un hombre Santo, en el más profundo acto de humildad se bautizó, a pesar de los reclamos de Juan: “Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?” Jesús le respondió: “Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia.”[4] Jesús establecería que uno de los requisitos para entrar al Reino de Dios, sería bautizarse en las aguas. Eso significaría un nuevo nacimiento, nacer del arrepentimiento, del reconocimiento de que somos pecadores y necesitamos una conciencia limpia y un nuevo corazón y mente para vivir una vida nueva.

Nacer del Espíritu. Cuando la Biblia habla de Espíritu, con mayúscula, se refiere al Espíritu Santo. Éste es Dios mismo que desciende al hombre. Así como cuando Jesús se bautizó, se manifestó el Espíritu Santo en forma de paloma, cuando una persona se convierte a Jesucristo, el Espíritu desciende y entra en ella para darle una nueva vida, desde su interior. Todos nacemos de una mamá físicamente, pero necesitamos nacer espiritualmente de lo alto, de Dios, del Espíritu Santo.

Entrar en el Reino de Dios. Un reino o reinado es un tipo de gobierno. En los tiempos de Jesús existían mayormente los reinos gobernados por reyes. Él toma esa imagen para graficar un gobierno en el campo espiritual. Este mundo es gobernado por el espíritu del mal, lo llama “el príncipe de este mundo”.[5] Desde el inicio de su ministerio Jesús anuncia un reino, diciendo “el Reino de los cielos se ha acercado”[6] Él se refiere a un reino o gobierno espiritual, del cielo de Dios, que quiere regir la vida humana. Para que ese reino sea efectivo es preciso que nosotros cambiemos de actitud, nos arrepintamos dejando toda soberbia de querer autogobernarnos.

El Maestro es muy claro, no hay confusión entre lo material y lo espiritual: “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.” Por lo tanto, afirma él: “No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo.” Así como el viento sopla de donde quiere y escuchas su sonido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va; del mismo modo son los nacidos del Espíritu. No podemos entender cómo puede una persona convertirse al Reino de Dios de un día para otro, y tampoco comprendemos su modo de pensar y actuar después de este evento. Equivocadamente decimos “Se cambió de religión”, “Ahora es un fanático de Jesús”, “Ha enloquecido”, y cosas parecidas porque no comprendemos cómo alguien pudo cambiar de esa manera. Desconocemos que tuvo un encuentro con Jesucristo.

Cualquier religioso, sacerdote, pastor o líder espiritual, haría la pregunta que hizo luego Nicodemo: “¿Cómo puede hacerse esto?” Todos ellos, y me incluyo, quisieran poder intervenir de alguna forma en la mente y el corazón de las personas, para transmitirles su creencia en Dios, pero no pueden hacerlo porque esta es una obra misteriosa que sólo la ejecuta el Espíritu Santo. Y es necesario que así sea para que nadie se arrogue la gloria de transformar a otro. Sólo Jesucristo cambia las vidas. Los ministros de Dios son sólo emisarios de Su Palabra.

Jesús le dijo con cierta ironía a Nicodemo: “¿Eres tú maestro de Israel, y no sabes esto?” Siendo un hombre principal de la fe judía del Antiguo Testamento, desconocía lo más elemental del Evangelio, cómo entrar en el Reino de Dios. Tendría, entonces, que comenzar un largo camino de conversión, formación y desarrollo espiritual con el Maestro, haciéndose su discípulo oculto. Nicodemo cumpliría un papel muy importante cuando los miembros del sanedrín acusaran a Jesús de impostor; él lo defendería indicándoles que la Ley de Moisés no les autorizaba a condenar a alguien sin haberle escuchado: “¿Juzga acaso nuestra ley a un hombre si primero no le oye, y sabe lo que ha hecho?”[7] Demostraría su compromiso con Cristo, luego de la muerte del Maestro, contribuyendo con unas cien libras romanas de mirra y de áloes para el embalsamamiento de su cadáver.[8]

Jesucristo, en su encuentro secreto con Nicodemo, le manifestó que los judíos religiosos no aceptaban su mensaje porque estaban ciegos y sordos a él: “De cierto, de cierto te digo, que lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto, testificamos; y no recibís nuestro testimonio.” Ellos no estaban dispuestos ni preparados para escucharlo: “Si os he dicho cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales?”. Esa noche le declaró quien era él, alguien mayor a un “rabí” o maestro espiritual: “Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo.” Él era el Cristo, el Mesías prometido por siglos que por fin venía a esta tierra a salvar a la Humanidad.

Le explica: “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, / para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” Nicodemo, maestro conocedor del Antiguo Testamento y los relatos del éxodo de los hebreos por el desierto, sabía a qué se refería Jesús. Una plaga de serpientes venenosas les sobrevino, los mordían y muchos morían.[9] El pueblo de Israel atribuyó esto a un castigo divino por murmurar contra Dios y Moisés. Arrepentidos pidieron a Moisés que rogara por ellos para que Jehová quitara esas serpientes. Moisés oró y Dios le ordenó que hiciera una serpiente de bronce, la pusiera sobre una asta y que cualquiera que fuese mordido la mirase. Al hacerlo, viviría. Obedeció Moisés y el pueblo fue salvado de la plaga y la muerte.

Diariamente los seres humanos somos mordidos por serpientes venenosas espirituales, los pecados que envenenan nuestra alma. Nos muerden el orgullo, la envidia, la ira, la avaricia, la lujuria, la gula, la pereza, y no sabemos cómo defendernos. Procuramos sobreponernos, huimos de ellos pero igual nos alcanzan; nos sentimos culpables y nos alejamos de Dios. La solución de Moisés fue mirar una serpiente de bronce. Mejor es la solución de Jesucristo que ha sido levantado en la cruz para nuestra salvación. Él ha tomado nuestro pecado y ha muerto por nosotros. El veneno del mal ya no tiene poder sobre nuestra alma, pues Jesucristo ha vencido al diablo en la cruz. ¿Sabe por qué? Porque Jesús murió mas al tercer día resucitó victorioso, y ahora vive para siempre. Si usted, como Nicodemo, reconoce a Jesucristo como Maestro y Señor, entregándole su vida, podrá entrar en el Reino de Dios y nacer de nuevo para Él.

Nicodemo conocía la Religión pero muy poco del Reino de Dios. Por eso fue necesario que conociera a Jesucristo. Le invito a meditar en esto y a conocerlo a Él.



[1] Lucius Caecilius Firmianus Lactantius [250-325 d. C.], en Divinae Institutiones IV, 28, redactadas entre el 304-313 d. C., hace derivar la palabra religio del verbo latino religare.

[2] La forma latinizada más popular para el tetragramaton (YHVH) es Yahvé (o Iahveh, en latín) y, durante la Edad Media, lo fue JeHoVá (o IeHoVa, en latín).

[3] Evangelio de San Juan 3:1-14

[4] San Mateo 3:14,15

[5] San Juan 12:31 “Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera.”

[6] San Mateo 4:17 “Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado.”

[7] Juan 7:50-52

[8] Juan 19:39

[9] Números 21:4-9


DESCANSA EN JESÚS.

Escrito por pastorivantapia 15-01-2015 en Evangelización. Comentarios (0)

"Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. / Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; / porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga." (San Mateo 11:28-30)

Entrégale tu vida a Jesucristo y Él te hará feliz. Él te dice “Venid a mí”. Es un llamado para “todos los que estáis trabajados y cargados”. No hay un ser humano que pueda decir que no tiene problemas. Las dificultades son inherentes a la vida. Todos sufrimos algo en nuestro cuerpo, alma o espíritu. Por lo tanto, cuando Jesús nos llama y nos dice “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados”, Él sabe perfectamente por qué hace este llamado. Dios tiene una respuesta a nuestros problemas. Estos pueden ser de salud, económicos, emocionales, sentimentales, etc. mas lo que sean provocan un peso en el alma que nadie, sólo Él, puede alivianar.

Jesucristo sabe de nuestro trabajo, de nuestro esfuerzo por ser felices y como fracasamos en ello, porque seguimos nuestros propios caminos. Nadie podrá alcanzar la felicidad en esta vida ni en la eternidad si no sigue los patrones Divinos. Él conoce nuestras cargas, aquello que llevamos sobre nuestra mente como culpa, herida o trauma, sabe de nuestra ignorancia espiritual y de los prejuicios que cargamos, los que atentan contra nuestra felicidad. Por eso nos dice  “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.”

El único que podrá dar descanso a nuestra alma es Jesucristo. Para ello hizo Su trabajo en la tierra. Dios el Padre le envió a hacerse humano y Él predicó la Buena Nueva o Evangelio a todo el mundo, formó apóstoles para que anunciaran después de su muerte ese mensaje y edificaran la Iglesia, este edificio espiritual que es “baluarte de la Verdad”. Su mensaje libera, cambia las mentes, abre nuestros ojos y pone otra mirada en la persona, comienza a ver la vida distinta.

Jesucristo hizo Su trabajo en la cruz del monte Calvario, allí tomó nuestro lugar y murió por nuestros pecados. Es lo que los teólogos llaman Su ministerio de sustitución, pues Él nos sustituyó en la cruz. Éramos los seres humanos pecadores quienes merecíamos la muerte, puesto que “la paga del pecado es muerte”; más Él tomó sobre sí ese pecado, Él murió por nosotros. Su obra ya está hecha y es perfecta, porque es obra de Dios. Prueba de ello es que, después de morir, el Padre le resucitó. Hoy Jesucristo vive eternamente a la diestra de Dios Padre.

En este texto Su invitación es a seguirle “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. / Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; / porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga”  Si depositamos cargas, deseos, ideales, búsquedas, frustraciones, penas, en fin todo nuestro ser en Él, hallaremos descanso, el anhelado reposo espiritual. ¿Quién no quiere tener paz en su corazón y soportar tranquilamente las circunstancias de la vida? Eso es posible si te entregas a Él pues así lo ha prometido: “os haré descansar.”

La invitación de Jesucristo, Maestro espiritual, Hijo de Dios, Salvador del Hombre, es muy clara. Su invitación no es a una vida fácil y sin problemas, pero sí a una vida de reposo en Él, una vida de descanso para el alma, una vida de gozo espiritual. Por eso nos dice “Llevad mi yugo sobre vosotros”, porque el verdadero discípulo de Jesucristo es uno que, como aquella pareja de bueyes que tira el arado o la carga en el campo, va junto a Su Compañero tirando en la misma dirección. En esta figura podemos ver a Jesús como el Buey obediente y sumiso que lleva sobre sí el yugo de Dios, y nosotros acompañándole en esa tarea. “Llevar el yugo” es, en otras palabras, someterse a la autoridad de Dios, someterse deponiendo cualquier orgullo, y aceptar Su gobierno o Reino. Esto es entrar en el Reino de Dios.

Tal camino implica un aprendizaje que comienza con la imitación de Jesucristo. Él es el Maestro que nos enseña con Su propia vida lo que debemos hacer para caminar correctamente en la vida. y la primera lección es la mansedumbre: “y aprended de mí, que soy manso”. La Biblia representa en numerosos pasajes a Jesús como un Cordero, porque éste es un animal manso, que se somete fácilmente al pastor e incluso cuando se le sacrifica se entrega sin oposición. En el Tabernáculo judío se sacrificaba un cordero para perdón de los pecados del pueblo y en la fiesta de la Pascua se comía un cordero; ambos eran símbolo del “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, Jesucristo.

A la mansedumbre agreguemos la humildad. Esta virtud se opone al orgullo. Es curioso saber que la palabra humildad tiene la misma raíz que “humus”, esa tierra formada por material en descomposición. Es preciso que nuestro ego se pudra y se humille ante Dios para asumir una actitud de obediencia. El corazón de las personas que están fuera del Reino de Dios, es un corazón orgulloso e incrédulo. La invitación de Dios es a ser “humilde de corazón” La fe verdadera consiste en creer en Dios, creerle a Dios y obedecer a Dios; no es una fe teórica.

Esta negación de sí mismo para permitir que sea Dios quien gobierne o reine en mi vida, es la abnegación cristiana. No es algo doloroso, repugnante ni molesto para quien lo vive, pues se llega a este camino por medio de la fe. Así encuentra el alma el descanso anhelado. El yugo de Jesucristo, el discipulado, seguirle a Él, es algo muy agradable, satisfactorio, lleno de bendiciones para nosotros, seguimiento que hace liviano cualquier problema, como Jesús lo dice: “porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga”

Si deseas encontrar descanso para tu alma hoy, reconoce tus pecados y errores ante Dios en una sencilla oración, con tus propias palabras. Pide perdón a Él y confía que Él atenderá a esas súplicas.


EL PERFIL DEL DISCÍPULO.

Escrito por pastorivantapia 29-12-2014 en Discipulado. Comentarios (0)

Lectura Bíblica: Proverbios 16:1-4

Propósitos de la Charla: a) Desarrollar una visión clara del Perfil que el discípulo debe alcanzar; b) Conocer y practicar las doce virtudes del Discípulo; c) Comprender la labor del tutor y la Iglesia con respecto al desarrollo del Perfil del Responsable.

“Del hombre son las disposiciones del corazón; Mas de Jehová es la respuesta de la lengua.

Todos los caminos del hombre son limpios en su propia opinión; Pero Jehová pesa los espíritus.

Encomienda a Jehová tus obras, Y tus pensamientos serán afirmados.

Todas las cosas ha hecho Jehová para sí mismo, Y aun al impío para el día malo.”

(Proverbios 16:1-4)

El conjunto de rasgos peculiares que caracterizan a alguien o algo, es llamado el “perfil”. Por ejemplo el perfil de la profesión médica es la de alguien que tiene una gran inclinación a ayudar en la salud del prójimo, además de curiosidad científica e interés por todos los procesos biológicos del ser humano. El perfil de una persona puede ser el espíritu de aventuras, gusto por la vida al aire libre, sociable, entonces su perfil se adaptará a la práctica del excursionismo. Personas, profesiones, actividades humanas, tienen rasgos distintivos, a los cuales llamamos perfil.

San Pablo, en sus cartas pastorales hace un Perfil del Obispo, los rasgos que éste debe tener: Pero es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar; / no dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas, sino amable, apacible, no avaro; / que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad / (pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿Cómo cuidará de la iglesia de Dios?); / no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. / También es necesario que tenga buen testimonio de los de afuera, para que no caiga en descrédito y en lazo del diablo.” (1 Timoteo 3:2-7) También dibuja el Perfil de los Diáconos y Diáconas: “Los diáconos asimismo deben ser honestos, sin doblez, no dados a mucho vino, no codiciosos de ganancias deshonestas; / que guarden el misterio de la fe con limpia conciencia. / Y éstos también sean sometidos a prueba primero, y entonces ejerzan el diaconado, si son irreprensibles. / Las mujeres asimismo sean honestas, no calumniadoras, sino sobrias, fieles en todo. / Los diáconos sean maridos de una sola mujer, y que gobiernen bien sus hijos y sus casas. / Porque los que ejerzan bien el diaconado, ganan para sí un grado honroso, y mucha confianza en la fe que es en Cristo Jesús.” (1 Timoteo 3:8-13)

BUSCANDO EL PERFIL DEL DISCÍPULO.

¿Qué distingue a un cristiano de un ateo, de un agnóstico, de un musulmán o de cualquier otra religión o filosofía? Seguramente su creencia en Jesucristo y luego vendrán todas las características personales que desarrolla la persona que sigue esa fe. No podemos imaginar a una persona budista teniendo actitudes agresivas o intolerantes, ya que su doctrina básica dice relación con la paz y la contemplación. Por eso nos extrañó tanto cuando vimos en la televisión la insurgencia de los monjes budistas. Como, también, son incomprensibles la guerra entre cristianos o las históricas cruzadas, donde se daba muerte al que se consideraba enemigo de la fe cristiana. Menos las torturas a que fueron sometidos nuestros hermanos protestantes por la Santa Inquisición durante la era de los reformadores. Aquellas actitudes y acciones no corresponden al perfil que se tiene del discípulo de Jesucristo. Si escucháramos y obedeciéramos a la Palabra de Dios, jamás se cometerían tales atropellos en la Iglesia (1 Timoteo 3:14,15)

En el caso de los discípulos, llamamos Perfil al conjunto de conoci­mientos, habilidades y actitudes que todo discípulo de Jesucristo debe poseer. Es evidente que esto no se logra automáticamente, por el hecho de convertirse o declararse y ser reconocido como cristiano. La ausencia de características propias del discípulo de Cristo, es lo que a muchas personas les lleva a criticar o rechazar nuestra fe. Como toda doctrina, la fe cristiana es un aprendizaje tanto intelectual como práctico, que requiere motivación, esfuerzo y dedicación por parte del discípulo. Por ello hay un período prudencial de preparación o capacitación para llegar a ser ese tipo de cristiano que desea el Maestro.

EL PERFIL DEL DISCÍPULO APRENDIZ

La primera parte de este período es netamente de aprendizajes básicos en el cual el discípulo es tratado como un aprendiz. Según el diccionario un aprendiz es una “persona que aprende algún arte u oficio.” En este caso, aprendiz es el discípulo que está aprendiendo el arte de ser seguidor del Maestro Jesucristo, y lo hace bajo la guía de un tutor, que es el ayo que le conduce al Maestro. Las enseñanzas básicas del Discipulado son todas aquellas lecciones que le conduzcan a: 1) Obedecer el llamado de Dios; 2) Vivir y entender las instancias básicas de la Puerta del Reino; 3) Valorar y vivir el Nuevo Pacto; y 4) Conocer cuál es el Fundamento sobre el cual edificará su vida cristiana. Llamado, Puerta, Nuevo Pacto y Fundamento, son las enseñanzas básicas de esta etapa, y deben motivar al desarrollo de ciertas virtudes cristianas, como son la fe, la sumisión, la sujeción, la obediencia y la fidelidad.

Pero recordemos que el Discipulado no es sólo un proceso de aprendizajes teológicos, sino también un proceso de sanidad interior, que llevará al discípulo a desarrollar virtudes y conductas tales como la paz, el perdón de Dios, la libertad del pecado y la reconciliación con Dios; la sanidad de traumas, heridas, temores y complejos; el perdón al prójimo y la Gracia de Dios.

“Del hombre son las disposiciones del corazón; mas de Jehová es la respuesta de la lengua” (Proverbios 16:1) Este texto nos presenta un primer paso en el Discipulado, el cual es aprender las respuestas de la lengua. Depende de la actitud de la persona para que ésta pueda aprender más rápido más lentamente. Que una persona sea una nueva criatura en Cristo no implica que todo su carácter y sus pensamientos ya estén cambiados y moldeados en la nueva vida. Un aprendiz de albañil no es profesional al primer día. En el creyente nuevo vemos un gran impulso y deseo para obrar. Pero no tiene el conocimiento, ni ha aprendido todas las cosas necesarias de la Biblia. Por eso es el crecimiento de los nuevos discípulos debe ser bien encaminado. Necesitamos confiar en el Espíritu Santo que afirmará, controlará y protegerá a la persona para que no se pierda.

Si tenemos dos árboles y a uno nos acercamos y le insistimos, le hablamos para que se apure, lo abonamos y lo regamos; en cambio al otro, simplemente le regamos como usualmente se hace con los árboles; el resultado para ambos, salvo una excepción, será el mismo: los dos darán su fruto en su tiempo normal. Como dice el refrán “no por mucho madrugar, amanece más temprano”. Y la Palabra de Dios nos recuerda que: “Si Jehová no edifica la casa en vano trabajan los edificadores(Salmo 127: 1). El discípulo aprendiz debe aprender a controlar las palabras y su actitud en esta nueva vida como cristiano.

EL PERFIL DEL DISCÍPULO FIEL

Cuando el aprendiz es capaz de guiar otra vida, haciendo un discípulo, sea por propia motivación o por orden de su discipulador, ya es considerado en el siguiente nivel, como un discípulo fiel. La fidelidad es una característica importantísima para que exista confiabilidad en la obra. Ésta no se puede edificar sin el elemento fidelidad.  En este nivel la enseñanza se dirigirá a entregar al discípulo todas las herramientas necesarias para ejercer la tutoría: 1) Manejo de los  principios de la Iglesia (El Evangelio del Reino, Discipulado en el Cenáculo, Multiplicación de Doce y Unidad de la Iglesia); 2) Desarrollo de disciplinas espirituales para la vida devocional (oración, alabanza, ayuno, meditación, reflexión); y 3) Características y paradigmas del aprendiz. Así podrá desarrollar virtudes como: responsabilidad, honestidad, fortaleza, templanza, perseverancia, buen juicio, discernimiento, justicia, amor, devoción a Dios, comunicación del amor de Dios y convicción de liderazgo.

“Todos los caminos del hombre son limpios en su propia opinión; pero Jehová pesa los espíritus” (Proverbios 16:2) El segundo paso en el Discipulado es superar ser limpios en nuestra propia opinión. En esta etapa el discípulo imita a su maestro, mas a veces piensa que él puede hacerlo mejor, más rápido; piensa que es más inteligente y que lo hará correctamente. Copia e imita en todos los aspectos externos, en las características físicas, mas tiene un problema, Jehová pesa los espíritus. Esta es la etapa en que los discípulos aún no entienden la voluntad de Dios y recién empiezan a hacerlo. No todo hay que hacerlo por el querer, sino que debemos aprender a escudriñar al Espíritu de Dios. Es una etapa larga de aprendizaje, porque necesita experimentar a Dios, necesita conocer la Palabra de Dios. Y no solamente conocerlo, sino saber escudriñar el Espíritu de Dios y comprender Su voz.

También tiene que ver con el método con que se realizan todas las cosas. Toda persona inteligente sabe y tiene un cierto conocimiento de cómo realizar las tareas. Pero varía el método del hombre del método de Dios. Muchos aplican el método que les parece mejor y piensan que sólo el fin es importante, olvidando que Dios ve todos los detalles y cómo se logra el propósito. Esto es lo importante para el Señor. Todos tenemos opinión, mas hay que preguntar al Señor para conocer cuál es Su opinión, algo a lo que se accede por medio de la oración y de la reflexión de la Biblia. Esto requiere paciencia y saber esperar. Es necesario aprender a no dejarnos llevar por nuestra propia opinión. ¡Cuántas veces hemos hecho algo que es bueno, pero que no es la voluntad de Dios! El resultado ha sido sólo fracaso. Nuestra opinión no siempre es la opinión de Dios.

EL DISCÍPULO RESPONSABLE ES NUESTRA META.

Es hermoso cuando el discípulo fiel es movido por el Espíritu Santo a plantar un Cenáculo en su hogar, en lugar de trabajo o estudio, o en otro sitio. Allí el discípulo Responsable enseña a otros a vivir el discipulado en forma coherente con los principios del Evangelio del Reino. El primero de esos principios es el servicio, aprender la importancia de ser servidores unos de otros. También se practica el divino optimismo de la fe. Un tercer principio es el crecimiento, tanto cualitativo como cuantitativo. El Responsable enseñará con el ejemplo a los discípulos a practicar la preocupación de unos por otros, integrándose y guardando la unidad. Un quinto principio es la oración comunitaria e individual como un elemento fundamental del Cenáculo y la Iglesia. Por último, estimulará la sumisión al Señor y la sujeción al Cuerpo de Cristo, Su Iglesia.

Para llegar a ocupar ese lugar en la comunidad de discípulos, el Responsable debe tener todas las virtudes que constituyen el Perfil del Discípulo. Éstas no son requerimientos en término de ley u obligación, sino características que en forma paulatina y casi natural se van adquiriendo en el camino del Discipulado. 

Al diseñar el Perfil del Discípulo debemos pensar en todas las virtudes que requiere un Responsable para dirigir un Cenáculo o grupo de discípulos, donde habrá fieles y aprendices bajo su cargo.  El Perfil del Discípulo Responsable es nuestra meta. Formar discípulos capaces de plantar cenáculos en cada rincón de la ciudad, es nuestro cometido. El Perfil del Discípulo Responsable es, entonces, el conjunto de conoci­mientos, habilidades y actitudes que debe poseer el cristiano al momento de ser ungido como discípulo Responsable.

LAS DOCE VIRTUDES.

Todo discípulo necesita desarrollar cuatro virtudes básicas que nos son dadas por el Espíritu Santo al momento de creer. La primera es la fe que se instala en el corazón y consiste en confiar en Dios, en creer en Él y creerle a Él. La segunda se recibe en la conciencia y es la paz; usted es perdonado por Él y es lavado de todo pecado y culpa, comenzando a vivir en Su Gracia. La tercera es el amor que Él deposita en su espíritu, siendo el más grande poder transformador. La cuarta virtud es la esperanza acogida por su mente como Verdad indiscutible. Estas cuatro virtudes se multiplicarán, como ramas de un gran árbol de vida, en 12 virtudes que el discípulo desarrollará para llegar a ser un discípulo Responsable. Las 12 virtudes del Perfil del Discípulo son las siguientes:

I. FE:

1.  Sumisión al Señor: fe y humildad.

2.  Sujeción al Cuerpo de Cristo: obediencia y fidelidad.

3.  Responsabilidad: honestidad, fortaleza, templanza, perseverancia.

II. PAZ:

4.  Perdón de Dios: libertad del pecado y reconciliación con Dios

5.  Sanidad interior: de traumas, heridas, temores y complejos.

6.  Perdón a mi prójimo: Gracia de Dios

7.  Buen juicio: discernimiento y justicia.

III. AMOR:

8.  Devoción a Dios: oración, alabanza, ayuno, meditación y ofrenda.

9.  Amor al prójimo: paciencia, bondad, humildad, delicadeza, altruismo, serenidad, jovialidad, compasión y magnanimidad.

10.  Comunicación del amor de Dios: testimonio y evangelización.

IV. ESPERANZA:

11.  Conocimientos básicos del Reino.

12.  Convicción de liderazgo.

UNA TAREA PARA LA IGLESIA

Bajo el punto de vista eclesial, Perfil es el conjunto de propósitos formativos que la Iglesia pretende alcanzar durante el proceso de formación de cada discípulo. Sería muy importante que la Iglesia contara con mecanismos de revisión periódica del perfil del Discípulo. Si bien es cierto, la Biblia nos indica claramente las expectativas de Dios en cuanto a nuestras conductas y cualidades esperables, es necesario confrontarlas con la realidad de la sociedad e Iglesia actual.

También el Perfil debe considerar los fundamentos bíblicos, teológicos y espirituales que subyacen a la formación que se propone entregar. Necesitamos tener una base bíblica sólida para defender nuestra postura eclesial. Y todos los discípulos deben conocerla.

El Perfil tiene que considerar las orientaciones fundamentales provenientes de la misión, propósitos y fines de la Iglesia.

Por último, ya que la Iglesia no está aislada de la sociedad ni del resto de las iglesias, debe considerar algún tipo de consulta al medio eclesial, tanto interno como externo, para la definición y actualización del Perfil.

En definitiva, el Perfil del Discípulo orienta el quehacer de la Iglesia. Sin él, la Iglesia no sabrá qué dirección tomar, hacia donde avanza, caminará como Israel en el desierto, dando vueltas y vueltas, sin hallar jamás su destino.

PARA REFLEXIONAR:

1) ¿Cómo definiría usted su perfil como persona?

2) ¿Qué perfil de hombre o mujer encuentra usted atractivo para imitar en la Biblia?

3) ¿Cuál aspecto considera usted el más importante en el perfil del discípulo?

4) ¿Corresponde su perfil al del discípulo fiel? ¿Qué virtudes le quedan por alcanzar?

5) ¿Qué otros valores o virtudes agregaría al perfil del responsable?

6) ¿Está de acuerdo en que la meta de la Iglesia sea alcanzar el Perfil del discípulo Responsable?

7) ¿Cuáles deben ser, a su juicio, las virtudes del responsable?

8) Recuerde ejemplos concretos de hermanos cristianos en los cuales usted vio una o más de las doce virtudes.

9)  ¿De qué modo el Espíritu Santo en la Iglesia, puede desarrollar mejor el perfil del discípulo?

BIBLIOGRAFIA

1) “Sosteniendo Otras Vidas”, Retiro domingo 27 de Mayo de 2007, Avenida Francia 739, Valparaíso

2) “La Santa Biblia”, Casiodoro de Reina, revisión de 1960, Broadman & Holman Publishers, USA.

3) Pastor Dong Han David Lee; “Los pasos del cristiano”; Iglesia Presbiteriana Reformada Esperanza; www.evangelio123.org


PAZ A VOSOTROS.

Escrito por pastorivantapia 18-12-2014 en Evangelismo. Comentarios (0)

"Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros./ Y cuando les hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor./ Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío./ Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo./ A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos" (San Juan 20:19-23).


"y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo" dice acerca del Creador, el libro de Génesis. Continúa: "Y bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó" Fiel a este texto, el pueblo hebreo dedica el sábado al Señor Jehová. Por tanto el primer día de la semana es el domingo. Dice el fragmento que hoy nos ocupa que, llegada la noche del primer día de la semana, estaban las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos se reunían por miedo de los judíos. Entonces apareció el Maestro en medio de la sala y les dijo: Shalom, "Paz a vosotros."

Shalom significa en hebreo: paz, integridad, calma, tranquilidad, un saludo, bienestar. Si buscamos en las fuentes de la tradición judía, sabremos que es uno de los apodos secundarios para Dios, ya que el principio de toda paz está en Él.

Al pronunciar estas palabras, Jesús estaba transmitiendo algo más que un saludo frecuente en su pueblo. Él estaba anunciando a los apóstoles su paz, esa que viene de parte de Dios. Ya consumado el sacrificio expiatorio de Jesucristo en la cruz, ellos -y nosotros por extensión- podían sentirse perdonados, en paz y reconciliados con el Padre. No hay mayor peso en la conciencia que la culpa por el pecado. Muchos dolores del alma, cargas psicológicas, problemas emocionales y hasta síntomas físicos, son producto de una conciencia no perdonada. El Médico Divino sabe de nuestra necesidad de perdón; por eso sus primeras palabras al encontrarse con sus discípulos, después de resucitado, fueron "Paz a vosotros".

Seguidamente el Maestro procedió a mostrar a sus amigos la evidencia de su sacrificio, las manos y el costado. No dice el evangelista si fueron los apóstoles quienes, por curiosidad, duda o compasión, pidieron ver sus cicatrices. Probablemente fue Jesús mismo quien decidió hacerlo, conociendo la naturaleza humana. ¿No actuaríamos nosotros de este modo si alguien regresara de la muerte? La curiosidad humana nos impulsaría a solicitar de inmediato: Muéstranos las heridas, si ya sanaste. Nuestra paz se basa en esas heridas, en ese cuerpo y esa voluntad del Hijo de Dios que fue humillado, lacerado, clavado en cruz y atravesado por nuestras culpas. Nuestra paz se basa en esas cicatrices que lleva el cuerpo glorificado que salió de la tumba al tercer día, pues desafió al diablo y venció a la muerte.

Otra razón que pudo mover al Señor Jesucristo a mostrar sus llagas pudo ser la identificación, como decir Soy yo, el mismo, vuestro Maestro. Esto se infiere de la reacción de ellos "Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor" Tanto así que Jesús les saluda nuevamente: "Paz a vosotros". ¿Significa esto que el aspecto físico de nuestro Señor cambió luego de resucitado? Es lo más probable; un cuerpo físico como el nuestro dista mucho de ser igual al de uno glorificado. El cuerpo de Jesús resucitado no es comparable al de Lázaro, que volvió a la vida natural. El cuerpo de carne y hueso, resucitado y glorificado, corresponde a la dimensión sobrenatural. San Pablo dice: "Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual. Hay cuerpo animal y hay cuerpo espiritual" (1 Corintios 15:44). Este nuevo cuerpo está libre de contaminación, enfermedad y deterioro. "Pero esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción heredará la incorrupción" (1 Corintios 15:50). Por lo tanto su apariencia era distinta, no identificable a simple vista. Usted y yo también seremos un día "transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos", gracias a la obra que hizo Jesucristo en la cruz.

Una tarea Él nos ha dejado. Tal como le envió el Padre, ahora Él nos envía para que muchas vidas sean liberadas de la culpa de sus pecados. Para ello nos capacita día a día por medio de su Palabra y el discipulado, y nos da el poder, la fuerza, la energía de Él, soplando en nosotros: "Recibid el Espíritu Santo". "Así también está escrito: Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante" (1 Corintios 15:45). Jesucristo en nosotros es el espíritu que nos vivifica e impulsa a anunciar el Evangelio del Shalom.

El trabajo que el Señor nos ha encomendado es algo muy serio. Lamentablemente aún hay hermanos en la fe que toman ésta como algo entretenido o de convivencia social, no dándole el nivel que tiene nuestra "profesión de fe". Por vuestra oración y trabajo evangelizador, a quienes se arrepintieren de sus pecados, les serán perdonados, mas a quienes no consintieren en ello, serán aún retenidos en su incredulidad y tinieblas. ¡Qué el Dios de Paz les guarde y bendiga, amados hermanos! ¡Qué Él os multiplique en virtudes, buenas obras e hijos espirituales!

"No hay paz (shalom) , dijo mi Dios (Elokim), para los impíos!'' (Isaías 57:21)


¿CUÁL ES EL PROPÓSITO DE LA FE?

Escrito por pastorivantapia 15-12-2014 en Biblia. Comentarios (0)

Pregunta a tu Biblia.

“obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salvación de vuestras almas.” (1 Pedro 1:9)

Todo en la vida tiene un propósito, nada está hecho al azar. Permanecemos nueve meses en el vientre materno para ser alimentados y desarrollados protegidos del mundo externo, hasta que la mayoría de nuestros órganos están preparados para enfrentarlo. Cuando somos bebés nos alimentan para crecer. Luego jugamos para ejercitar inteligencia, imaginación, creatividad, habilidades y destrezas, etc. Estudiamos para aprender acerca del mundo y la vida. Luego somos capacitados para trabajar. Esto es sólo si vemos el desarrollo humano. También podríamos observar el universo y ver que cada cosa tiene un propósito. Por ejemplo los volcanes, no sólo sirven como un respiradero de la Tierra, expeliendo aquellos gases que vienen de lo más profundo de ella, sino también producen elementos que pasan a formar parte de la atmósfera generando nuevo oxígeno y otros gases necesarios para la vida.

En la vida espiritual la fe es básica. La fe es la confianza que tenemos en la existencia de un mundo espiritual, en que Dios es la Figura principal. Pero no sólo es creer en que Él existe, sino también en creerle a Él y obedecerle. La Biblia define así la fe: “1 Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. / 2 Porque por ella alcanzaron buen testimonio los antiguos.” (Hebreos 11:1,2)  La fe es una forma de conocimiento no científico sino espiritual. El saber científico utiliza la razón y la lógica; el saber espiritual utiliza la fe: “3 Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía.” (Hebreos 11:3)  Es una conducta indispensable para acercarse a Dios: “6 Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.” (Hebreos 11:6

El propósito final de la fe es nuestra salvación. Desde la caída de Adán y Eva la raza humana está condenada a la muerte física y espiritual, por una ley espiritual del universo, que dice: “23 Porque la paga del pecado es muerte,…” (Romanos 6:23a) Todo el que peca está condenado a la muerte. ¿Y qué es pecado? San Juan lo responde así: “4 Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley.” (1 Juan 3:4) La Ley es lo que Dios ordena para el correcto funcionamiento moral del ser humano. De Adán y Eva heredamos una perniciosa tendencia a la desobediencia y rebelión contra Dios. por lo tanto estamos condenados y necesitamos urgentemente ser salvados de esa condenación. Dios, en Su infinita bondad ideó un modo de salvarnos. Envió con esa misión a Jesucristo, Su Hijo, a la Tierra, a cumplir el castigo que nosotros merecíamos. Por eso la segunda parte del versículo dice: “…mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Romanos 6:23b) Dádiva es un regalo. El regalo o don de la salvación y vida eterna es dado por la fe en Jesucristo y Su sacrificio redentor. Así, el objetivo de tener fe y desarrollarla es lograr nuestra salvación eterna.